
Hace días vi un trino
sobre un dicho popular
que escuché en algún lugar,
sobre lo humano y divino.
Y siguiendo ese camino
se transforma la conciencia,
pues define nuestra esencia
aquello que más leemos
y hasta lo que comemos,
con total trascendencia.
No es solo el pan en la palma
lo que al ser nos construye,
sino el libro que fluye
directo a nuestra alma.
Es la letra que da calma,
esa canción preferida,
la fe, aunque esté prohibida,
lo que se ama con esmero
en el más íntimo fuero,
y le da rumbo a la vida.
Somos nuestra palabra
y la gente a quien amamos,
la franca mano que damos,
la nueva senda que labra.
Porque una buena acción labra
y define nuestra esencia,
y es muy clara la sentencia:
que la simple voluntad
de obrar con humanidad,
da a la vida trascendencia.
Somos nuestra memoria,
y el eco que se esconde
en ese rincón en donde
se escribe ya nuestra historia.
Y puede ser una gloria
o se vuelve cruda herida
que a todos marcó en la vida;
somos también sacro fuego
que se alimenta y luego
nos busca una salida.

Somos la entera suma
de todo nuestro ser:
lo que se puede ver
y lo que es niebla y bruma.
La tinta de una pluma,
creando un universo
tan múltiple y diverso,
el viaje en el que voy,
la esencia de lo que doy,
condensado en un verso.

